En el cuento No
oyes ladrar los perros de
Juan Rulfo hay un recorte de la escena de Ignacio junto a su padre. Hay pocos
elementos que basan el relato, las informaciones son emitidas esencialmente a
través del dialogo de los personajes, mientras que el narrador es poco más que
un testigo visual de los hechos.
Ignacio está debilitado y herrido y su padre lo carga
a la espalda hacia el pueblo más cerca, lo hace no entanto más en memoria de su
fallecida esposa que por voluntad real de salvar a su hijo.
El espacio es oscuro, padre e hijo se desplazan por la
noche y constantemente se narra el cansacio y esfuerzo físico que la actividad
de cargar Ignacio le produce a su padre. Aparentemente no ocurre ninguna
actividad significativa o importante, todo se basa en el diálogo y en el
trayecto de los dos.
Desde la charla, pues, se descubre la atmósfera de
resentimiento y la decepción que nutre el padre por Ignacio. Desde el punto del
trayecto se nota un simbolismo importante que se suma al tema del relato, o
sea, el desfecho se compone justamente del hecho de que esta es la última
conversación que pueden mantener los dos, haya visto que Ignacio muere al
final. El camino, la ruta, pues, representa el trayecto final que trazan juntos.
Al final del relato, este propio simbolismo se corta,
pues, se esta depuración tenía como intento “enseñar”, es con el hecho de que
Ignacio no le avisa a su padre de la llegada al pueblo y de los ladrillos de
los perros que refleja la perpetuación de las mismas acciones. Es decir, los
intentos vanos.
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